El estrés no solo afecta nuestro estado de ánimo: también impacta directamente sobre nuestra piel. En personas con piel atópica —una condición crónica que cursa con brotes de enrojecimiento, picor, sequedad y descamación—, tanto el estrés puntual como el crónico pueden actuar como desencadenantes.
Esto sucede porque el organismo responde al estrés con un proceso inflamatorio que, en pieles especialmente sensibles, puede romper el equilibrio cutáneo. En el caso de los niños, esta relación es aún más delicada: cualquier episodio de nerviosismo o tensión emocional puede reflejarse rápidamente en su piel.
